Qué difícil resulta a las nuevas generaciones hacer silencio interior! El ajetreo de la agitada vida moderna es un obstáculo para pararse a pensar, a meditar, a escuchar, a rezar, a contemplar... a disfrutar de la Paz. No se trata de alcanzar un estado ataráxico, en el que nada perturbe el ánimo, como podrían pensar algunos; se trata más bien de una experiencia profunda de amistad, de una relación personal con quien es la Paz verdadera; se trata de disfrutar de la vida, acompañado de Alguien que llena el corazón; que sacia los mejores anhelos y las aspiraciones más profundas del ser humano.
Intentando encarnar en su vida el Evangelio, como hijo espiritual de San Francisco de Asís, buscaba Fray Leopoldo la paz interior, que transmitía con su mirada serena y bondadosa.
En el Evangelio de Lucas contemplamos la escena de María, sentada a los pies de Jesús y escuchando su palabra, mientras Marta, atareada con las faenas de la casa, se quejó a Jesús y éste respondió: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10, 42). Jesús es la presencia, que inspira confianza y paz. De esa presencia bebió Fray Leopoldo a lo largo de su longeva vida nonagenaria; lo que él aprendía y gozaba del Maestro lo transmitía con sencillez franciscana a los demás. Quienes convivieron con él decían que a su lado «se estaba bien».
Fray Leopoldo gozó de esa Presencia, manantial de vida y de libertad interior, que le permitió dedicarse durante más de medio siglo a pedir limosna por las calles de Granada y a socorrer a los más necesitados. De ahí sacó la fuerza necesaria para pedir a unos y dar a otros, para hacer de puente, para unir, para pacificar. Había captado la beatitud evangélica: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Su paso de la vida terrena a la eterna ocurrió en 1956; desde entonces su figura invita a creyentes y no creyentes a admirar y a buscar la paz interior.
En esta sociedad, en la que existe un alto grado de individualismo egocéntrico, Fray Leopoldo nos da un mensaje de fraternidad humana y un ejemplo de saber compartir los recursos, los dones y el tiempo. De todos es conocido su transitar por las calles granadinas, encontrando toda clase de gente, acercándose a los más necesitados, socorriendo a los pobres, saludando a todo el que pasaba a su lado, sin distinción de clase ni forma de vestir o de pensar.
Personajes de alta alcurnia y cargos importantes acudieron a buscar su consejo, su palabra de aliento, su orientación. Como hombre de Dios tenía la palabra oportuna, el gesto amable, la acogida fraterna, para todo aquel que acudía con problemas, angustias o necesidades materiales y espirituales. Su sencillez y paz interior allanaban el camino para el encuentro personal.
Su grandeza no está en acciones espectaculares o extraordinarias, sino en la humildad de su persona y en su sencillez. No es un taumaturgo, ni un místico de reconocido renombre, ni alguien con facultades y dones poderosos; pero tiene la gran fuerza interior de su unión con Dios y la experiencia de la sabiduría divina.
Esa misma fuerza, que llena y pacifica el alma, le permite encajar todos los golpes y burlas, que recibe a menudo, incluso de parte de aquellos a quienes ha ayudado. El sufrimiento se hace más agudo en los años de persecución religiosa, durante la Segunda República en España. En este difícil y doloroso periodo mantiene su presencia en las calles de Granada, lleno de mansedumbre y de amor cristiano. No le importan los insultos ni las vejaciones. Contemplando al Señor en la cruz, repite en su corazón las palabras del Maestro: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Cuentan los testigos que solía decir: «Hermano, para ganar el cielo hay que tragar mucha saliva» y también: «El sufrimiento nos ayuda a no olvidarnos de Dios».
Su vida estaba muy unida en Dios y muy cercana al hombre. Era una persona muy atenta a las necesidades de los demás; delicado y afable prefería callar antes que ofender a alguien. Servía con delicadeza a los enfermos, a quienes visitaba con frecuencia. Su presencia infundía paz, ablandando la dureza de los corazones y promoviendo el perdón.
Ya en vida lo consideraron un santo. Ahora la Iglesia lo coloca en los altares y nos lo presenta como modelo.
¡Cuántos santos caminan hoy por nuestras calles, amando, perdonando, ayudando sin esperar nada a cambio! ¡Cuántos "Leopoldos" habrá entre nosotros, que pasan desapercibidos! Si te animas, querido lector, también nosotros podemos ser buscadores de la Paz y ofrecer a nuestra sociedad una pizca de amor y de alegría verdadera, como lo hizo nuestro amigo Leopoldo.
Fray Leopoldo de Alpandeire será beatificado el 12 de septiembre de 2010, 49 años después de que se iniciara el proceso que ha culminado con la firma del decreto por el Papa Benedicto XVI. El acto solemne de beatificación tendrá lugar en la Base Aérea de Armilla de Granada, y a ella se espera que asistan más de un millón de personas. Ideal.es ofrece desde este espacio, toda la información sobre el proceso de beatificación y todo cuanto atañe a la vida y obra de Fray Leopoldo.
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