Su característica era la sobriedad, por no decir la privación y no obedecía a inapetencia ya que -omisión hecha de su excelente estado físico y que hombres de su temperamento suelen ser buenos gastrónomos- las incesantes caminatas de su oficio eran suficiente estímulo al apetito. Declara un testigo: «Respecto a la comida, se veía que era hombre que precisaba cantidad de comida, pero nunca tomaba las cosas escogidas ni delicadas, sino los alimentos más simples y ordinarios. Cualquier cosa que pudiera ser un obsequio la guardaba para el acólito. Nunca se le vio alabarse ni jactarse por su templanza; ni en las grandes solemnidades procuró destacar su espíritu de mortificación».
Aparte de los habituales ayunos de la Regla de San Francisco -tres largas cuaresmas al año, más todos los viernes-, ayunaba también los sábados con el máximo rigor que le permitían. Casi seguía idéntico régimen en el resto de los días, pero siempre cuidadoso de no caer en cualquiera de los dos extremos: el de alimentarse insuficientemente, contra la voluntad de los superiores, y el de darle demasiadas oportunidades a la gula. Era mañoso a la hora de disimular su mortificación en la comida. Lo refiere un testigo:
«Se daba extraordinaria maña para disimular sus privaciones en la comida. Sobre todo, en tiempo de verano, antes de salir a la calle para cumplir su cargo de limosnero. A veces, y días seguidos, ponía en una taza grande trozos de pan con agua y la dejaba en el cajoncito que como los demás hermanos, tenía ante sí en la mesa del refectorio. A mediodía sólo tomaba, procurando pasar desapercibido, el pan remojado. Cuando nos dábamos cuenta u otras veces cuando él pedía permiso para hacerlo le decíamos: «Hermano, eso no puede hacerlo; tiene Vd. que alimentarse más». Siendo yo Superior, mandaba que le prepararan una sopa con dos huevos, y le obligaba a que tomara principio, que él no quería».
Conviene advertir aquí que en la comida, al igual que en otras mortificaciones, evitaba con todo esmero el singularizarse. Para lograrlo hacía diversas mezclas de alimentos que no podían resultar nada incitantes; o, pretextando hallarlos calientes en exceso, les echaba agua, con lo que conseguía hacer más insípidas las no muy apetitosas viandas conventuales. Casi siempre se limitaba a un sólo plato. Los hermanos jóvenes o postulantes, comensales próximos a él, pueden dar buena cuenta de cómo hacía pasar a los platos de ellos lo mejor del suyo, con el pretexto de que, como jóvenes, necesitaban más alimentos. El postre y algunas otras viandas las reservaba para repartirlas a los pobres. Fr. Damián de la Rambla declara que: «En tocando a la puerta y estando ya en el refectorio, se levantaba de la mesa, llevándose consigo su postre o pedazo de pan, por si era algún pobre».
La frugalidad de sus comidas las describe así Fr. Rafael Guerrero Martín en su declaración escrita: «En la comida era muy parco. No le vi comer fuera de las comidas, y éstas las hacía siempre en el comedor y muy frugalmente. Creo recordar que sólo comía sopa de ajo: desayunaba, almorzaba y cenaba siempre lo mismo: su sopita de ajo. Algunas veces me entregaron en la portería algunos paquetillos de dulces para él pero me decía: Llévelos al refectorio para la Comunidad. Esto me admiraba, porque entonces había hambre y él estaba delicado de salud».
Fray Leopoldo de Alpandeire será beatificado el 12 de septiembre de 2010, 49 años después de que se iniciara el proceso que ha culminado con la firma del decreto por el Papa Benedicto XVI. El acto solemne de beatificación tendrá lugar en la Base Aérea de Armilla de Granada, y a ella se espera que asistan más de un millón de personas. Ideal.es ofrece desde este espacio, toda la información sobre el proceso de beatificación y todo cuanto atañe a la vida y obra de Fray Leopoldo.
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