fray-leopoldo-pequeFray Leopoldo de Alpandeire será beatificado el 12 de septiembre de 2010, 49 años después de que se iniciara el proceso que ha culminado con la firma del decreto por el Papa Benedicto XVI. El acto solemne de beatificación tendrá lugar en la Base Aérea de Armilla de Granada, y a ella se espera que asistan más de un millón de personas. Ideal.es ofrece desde este espacio, toda la información sobre el proceso de beatificación y todo cuanto atañe a la vida y obra de Fray Leopoldo.

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En la intimidad de Andar por casa
Escrito por JOSÉ LUIS KASTIYO   
Lunes, 13 de Septiembre de 2010 10:56
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De las declaraciones de los testigos que lo conocieron y trataron en vida, recogidas con toda fidelidad en el Proceso de Beatificación, se pueden deducir cuales eran sus costumbres, incluso sus obsesiones. Cómo era Fray Leopoldo en el día a día del andar por casa, en la intimidad del convento, en la imagen que su persona ofrecía en la calle.

El P. Benito de Íllora, describe así la historia del hábito de Fr. Leopoldo: «Su hábito siempre fue de lo más humilde. A veces, viendo que tenía el hábito muy estropeado y viejísimo, para que fuera decorosamente vestido al ir a pedir limosna, le mandábamos hacer un hábito nuevo. Lo aceptaba ante el mandato del Superior.

Pero, llegado el caso del fallecimiento de cualquier terciario seglar, que por devoción tenía dispuesto ser enterrado con el hábito capuchino, la familia, a veces de madrugada iba al convento para ver si le podíamos dar alguno. No era cosa de despertar a todos los Hermanos para preguntarles. Pero como solía estar ya levantado el Siervo de Dios, decía: «Padre yo tengo dos y puedo darle uno». Recibido el permiso para dar un hábito a la familia del difunto, les daba el nuevo, y se quedaba con su antiguo hábito, viejo y estropeadísimo.

En una ocasión le dije:
-Hermano, ha dado Vd. un hábito que vale cerca de mil pesetas y lo más que le van a dar de limosna ahora van a ser 400 pts. o 500.

Y el hermano decía:
-No se preocupe, Padre; el Señor lo dará por otro lado.
En un invierno encargué que le hiciesen dos hábitos. Uno para salir a la calle, y el otro para cuando volviera mojado, para que se lo cambiara. Decía que no quería tener dos. «¡Con uno me basta!». Se quedó con ellos por obedecer. Pero en cuanto llegaron a pedir un hábito, de madrugada, para un difunto, dijo al Superior: Yo tengo dos y puedo entregarles uno. Así se quedó con un solo hábito».

A pesar de esto, llevaba con esmerada pulcritud su pobreza franciscana, y el hábito y el rostro siempre aseados, a pesar de que el espejo nunca figuró entre los enseres de su uso. E igualmente la barba, sin compostura, sino naturalmente austera y venerable.

Al abrigo del frío

Tenía una marcada vocación por la descalcez. «Nunca pidió dispensa en lo que se refiere al hábito o al calzado. Lo mismo en el frío que en el calor buscaba la propia mortificación. Recuerdo que en la Casa, en el rigor del invierno, siendo ya viejo e impedido, no se arrimaba al brasero. Desde luego se acomodaba siempre sin replicar a lo que ordenaba el Superior».

«Con los fríos más crudos del invierno se le formaban en los pies unas grietas muy grandes, que serían dolorosas, y además eran sangrientas. Cuando los Superiores se daban cuenta le hacían llevar calzado. Cumplía lo mandado pero, al poco tiempo, se le veía de nuevo descalzo y con sus grietas, y no por espíritu de desobediencia, sino porque tal vez creía que ya había pasado la necesidad», manifestó otro de los testigos. A menudo fluía la sangre de las grietas con profusión. Un farmacéutico, admirador suyo, le ofrecía con insistencia remedios para curarlas.

No fue posible que los admitiera. Como un día porfiara más el farmacéutico, recibió esta explicación:
-Mire usted, yo soy ya viejo y no hago ninguna penitencia. ¿Qué menos que sufrir estas cositas que nos envía el Señor?

Sólo en una ocasión aceptó. Se había clavado un vidrio y la sangre brotaba abundantemente del talón herido.

Llamaba la atención el rastro de sangre que dejaba por las aceras. La cura fue muy dolorosa por la extracción del vidrio, pero el improvisado cirujano comentaría luego que, a pesar de ello, no hizo el menor gesto de dolor. El mismo testigo lo declara así:
«Llegó un día a la farmacia y me pidió un poco de alcohol y un algodoncito pues decía que algún clavo de la sandalia le había herido en un pie. Hay allí en un sitio de la farmacia tres escalones. Para actuar con comodidad le hicimos sentarse en un escalón más alto. Uno de los muchachos de la farmacia le lavó el pie con alcohol. La sandalia estaba toda llena de polvo envuelto en sangre.

Una vez lavada la herida el muchacho sacó de allá un trozo de cristal de unos centímetros. Le vendamos la herida y allá continuó el Siervo de Dios con su camino.

Había venido con aquella lesión desde el convento, seguramente pidiendo por las casas bajando y subiendo escaleras. La herida debió hacérsela en unas obras con construcción cercanas al convento, pues era el único sitio de su trayecto en que había tanto polvo. Le sacó el cristal un joven llamado Gabriel Gea Ruiz, que era dependiente en la farmacia».

Calzar por obediencia

Amaba su penitente descalcez con vehemencia. Mas, como en sus postreros años el Superior le impusiera usar calzado, lo aceptó con espíritu de obediencia, y utilizó entonces unas modestas zapatillas, liviano abrigo para la frialdad de pies a sus noventa años: Un nuevo testigo manifiesta que «si el P. Guardián, viéndolo con frío mandaba traerle un calentador, no decía nada y se conformaba. También le mandó el Superior ponerse unas zapatillas de abrigo, casi al final de su vida. Obedeció sin replicar».

 

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